Daniel Molini Dezotti
La isla de Samos, vista con la suficiencia que otorgan los mapas cuando son polÃticos y no se inmutan ante superficies pequeñas, aparece como una motita en el mar Egeo, casi besando la raya roja continua que dibuja la frontera con Asia.
De hecho, si uno pusiese su atención unas pocas millas hacia el este, “invadirÃa” en el acto el golfo de Kusadasi y la soberanÃa turca.
Los poco más de 500 kilómetros cuadrados de su superficie, montañosos en gran porcentaje, le permiten albergar un aeropuerto situado en las márgenes del poblado donde nació el filósofo y matemático Pitágoras.
En esa zona del sur están las planicies vecinas al mar, y los cultivos de cÃtricos y vides, especies con arraigo y tradición milenaria según cuentan las crónicas más remotas.
La historia de Samos es, como poco, turbulenta, siendo el origen de los primeros asentamientos consecuencia de fugas o invasiones convertidas en arraigo.
Jonios escapando de dorios, sátrapas, tiranos, persas con excesos imperialistas, atenienses, egipcios, sirios, romanos, albaneses o turcos dejaron sus huellas, yendo y viniendo durante siglos y siglos, hasta conformar un pueblo capaz de trascender en la construcción naval, o en la forja, o en las artesanÃas de bronce, que ya en el siglo VII a.C. se exportaban a todos los puntos del Mediterráneo.
En el puerto, situado en el corazón de una urbe de algo más de 30000 habitantes que goza la capitalidad de la prefectura, ondea la bandera griega desde la conclusión de la Primera Guerra Mundial. En ella convergen costumbres con modernidad, oficios antiguos con actuales, pescadores, turistas, lanchas pequeñas de madera, barcos enormes de metal reluciente, hoteles, bancos y tiendas de todos los tamaños.
En el muelle desembarcan pasajeros procedentes de El Pireo, Icaria, Creta y otras islas del Dodecaneso, en un trasiego náutico que se incrementa en el verano, ocupando una bahÃa donde los brillos y el paisaje parecen puestos para ser pintados.
A pocos metros del agua está la Plaza de Pitágoras, un enclave que custodia emblemas queridos por los nativos, como una escultura que simboliza el coraje de los pobladores representado en la figura de un león.
La vecindad, en Samos, más que una palabra representa una condición, ya que todo es contiguo: plazas, iglesias, monasterios, JardÃn Municipal o Museo Arqueológico.
La oferta por conocer se extiende a otros barrios como Katsouni donde existe un Museo Eclesiástico, Melemeneika o Koutra, y también a otros municipios: Vathi, Karlovasi, Pytagoreio y Marathokampos.
La red de carreteras circunda el territorio como si su objetivo fuese establecer una ruta del perÃmetro. De hecho, la mayorÃa de los caminos asfaltados siguen la costa, uniendo las sombrillas que referencian decenas de playas donde las aguas son calmas y las arenas limpias.
Llegar hasta el interior es algo más complicado, pues las montañas parecen resistirse a ser horadadas, sobre todo en la parte septentrional, donde el monte Kerkeias parece un centinela invicto con su más de 1400 metros.
Sólo en el extremo oriental -gracias a la capital- y en el centro de la isla, el sur se puede conectar con el norte, estableciendo vÃnculos que metafóricamente podrÃan unir olas que se van con olas que llegan.
En un pueblito llamado Manolates, situado a poco más de 20 kilómetros de la Samos, el tiempo parece haber tomado un descanso con el objeto de ver pasar a la gente.
Todo en él se desarrolla en armonÃa con el entorno, sin prisas, con la confianza abierta de par en par y las llaves puestas. En Manolates muchos negocios, pequeños, no tienen vigilantes. El cliente puede entrar, mirar, salir sin que nadie interrumpa el éxtasis consumidor.
La comida, en cualquier taberna, es especial, igual que el vino local, y la “souma” un destilado con denominación de origen con el que concluyen muchas fiestas a modo de digestivo.
El paisaje es perfecto, gracias a un ambiente húmedo que regala verdores. Los árboles añosos consiguen alturas importantes y por doquier se puede ver el esfuerzo campesino para conseguir terrenos de labranza primero y frutos después.
El protagonismo de la agricultura es fundamental, pues junto al turismo, con un auge importante en las últimas décadas, representa el fundamento de la economÃa.
La arquitectura isleña es austera, con pueblos repletos de casas blancas de una sola planta y aberturas de color azul.
De vez en cuando aparecen núcleos de colores brillantes y tejas rojas, a los que se llegan por calzadas empedradas, estrechas, cuyos márgenes también son azules, como si se buscase trasladar a la mismÃsima tierra los tonos del cielo y del mar vecino, objetos omnipresentes en el arte popular que se exhibe allà donde llega la curiosidad.
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